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  • La base trofica de la inteligencia

    Ramón Turró (1854-1926) fue un adelantado a la ciencia de su tiempo. Autodidacta genial, biólogo y fisiólogo heterodoxo, fabuloso contertulio (según testimonio de Josep Plá) llegó a ser ampliamente reconocido por las instituciones científicas tras la publicación de sus obras principales. La versión española de su libro sobre el hambre en los orígenes del conocimiento (publicado originalmente en alemán y francés) fue prologada por Unamuno, que viajó a Cataluña para expresarle a Turró el aprecio por sus ideas. El mejor resumen de esas ideas se encuentra en las conferencias que pronunció en la Residencia de Estudiantes madrileña en 1917, recogidas por Antonio Colodrón en el presente volumen junto con los testimonios de Plá y Unamuno. El talento personal de este peculiar filósofo de la biología le llevó a elaborar una original teoría del pensamiento que se iría desarrollando a partir de hechos tan básicos como la necesidad de alimentarse discriminando, a través de la percepción, lo que puede ser comido y lo que no. El hambre como impulso procedente de las células urgidas de alimento, el sentimiento trófico que incita al movimiento hacia el nutriente: un imperativo biológico que da lugar a un largo y complejo proceso de aprendizaje que culminará en la conciencia de existir y en el pensamiento humano. Como, luego existo: una afirmación tan robusta como la de Descartes y previa a ella en la lógica de la vida.